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La mujer de rojo (cuento)

La vio por primera vez a través del vidrio empañado de la ventana de un bodegón del sur de la ciudad, de ésos que ofrecen espectáculos de tango para turistas extranjeros (aunque rara vez atrapen alguno). Hacía frío esa noche, por eso las puertas y ventanas del boliche permanecían cerradas y él no pudo oírla. Sólo vio moverse los labios pintados de rojo furioso, crispados los puños y el gesto en una mueca de dolor actuado, el cabello castaño prolijamente peinado y unas largas pestañas negras. El rojo de los labios y del vestido y lo oscuro del cabello y de sus ojos fueron una combinación imposible de resistir. Empujó la puerta pegoteada con los afiches de los artistas de la casa y entró justo para el deprimente chan-chán de un bandoneón tan descascarado como su ejecutante. Logró atrapar con su mirada la hermosa espalda descubierta de la mujer que en ese momento se retiraba de la escena. Un mozo lo interceptó distraídamente.
- Qué tal amigo, son cincuenta pesos la cena y el show.
Él miró su reloj: era bastante tarde, casi de madrugada.
- Ya cené hace rato. – Le contestó en tono seco.
- Ah...bueno...en ese caso... – dijo el mozo mientras revisaba su billetera y hacía un gesto con la cabeza a la gente de una mesa del otro lado del salón, - son treinta y cinco pesos el show y una copa.
Él metió la mano en uno de sus bolsillos y examinó cuánto efectivo tenía disponible.
- La cantante que se fue recién ¿va a volver a cantar?
- ¿Perdón? – el mozo lo miró a la cara por primera vez desde que entró al lugar.
- Le pregunté si la mujer de rojo, la que acaba de cantar recién, va a volver a cantar esta noche.
- Ah, sí, por lo general los artistas hacen varias entradas por noche. ¿Lo ubico en una mesa?
- Sí, por favor. Que sea bien adelante.
- Las mesas de adelante tienen otro precio. – dijo el mozo. Él observó el local: no era muy grande y había poca concurrencia. Algunos inclusive ya se estaban levantando para irse.
- Da igual. Ubíqueme por acá nomás total no hay mucha gente.
El mozo, impasible, lo condujo hasta una mesita en el medio del salón y le dejó una carta con todos los tragos que podía elegir. Él echó un vistazo rápido a la lista y levantó la mirada en el momento exacto en el que aparecía una pareja de baile. Era una pareja despareja, por cierto: la mujer, mayor, lucía un vestido corto y apretado, con flecos; el muchacho, de no más de dieciocho años, parecía haberse gastado un frasco entero de gel “efecto brillante” en su cabeza. Con un traje negro (seguramente el único que tenía), ponía cara de hombre duro y resultaba muy cómico de ver ese gesto adusto en una cara a la que sólo le faltaban los bigotes de leche. La bailarina, paradójicamente, ponía en su rostro la expresión de mujer sumisa a su hombre, apasionada y a la vez ingenua. Era un cuadro pintorescamente grotesco. Los observadores no decidían si reír o llorar, o hacer las dos cosas juntas a la vez. Lo cierto es que la perplejidad los ganaba y paralizaba cualquier emoción en sus rostros. Ambos realizaban figuras complicadas, muy forzadas, en afán de demostrar habilidad y destreza. Trababan y enredaban sus piernas en torsiones extrañas, la mujer revoleaba las suyas para todos lados y se colgaba del muchacho para ensayar osadas acrobacias. Afortunadamente el tango era breve y no hubo bises. Los discretos aplausos apenas escondían la vergüenza ajena de la concurrencia que, cuando los bailarines salieron de escena, empezó a distenderse y soltar algunas risitas socarronas. Él también aplaudió, aunque sin entusiasmo, siempre se comportaba correctamente. Hubo un breve receso para los artistas y el dueño del local puso música de fondo. El mozo se había acercado a su mesa.
- ¿Qué le traigo, caballero?
- Un whisky, sin hielo. – Respondió sin mirarlo. En un santiamén el pedido estuvo en su mesa. Algunas personas aprovecharon para pedir la cuenta y retirarse del lugar. Otros, menos comedidos, lo habían hecho en plena actuación de los bailarines (quienes, por su parte, los veían por el rabillo del ojo). Al prolongarse el corte, él iba sintiéndose cada vez más impaciente.  Miró su reloj y arqueó las cejas: era tarde. Los cristales empañados del local no dejaban ver del exterior sino una mancha oscura y borrosa, interrumpida por los discretos resplandores de los faroles de la calle. Hizo un gesto llamando al mozo.
- ¿Sí?
- Otro whisky.
Apenas el hombre hubo dejado el vaso en su mesa, el dueño del boliche apagó la música y presentó el nuevo número de la noche. Era un dúo de músicos, un guitarrista y un bandoneonista. Lo que quedaba de la concurrencia a esa hora de la madrugada los recibió con un aplauso desconfiado. Las luces se hicieron más tenues y el bandoneón soltó un suave gemido. El músico hacía vibrar nota tras nota, sin apuro, como conteniendo amorosamente a un animal herido que sollozaba. Nadie se atrevía a mover un músculo. Él estaba verdaderamente conmovido. Ni siquiera el guitarrista pulsó una cuerda de su instrumento. Aquel bar, por un momento, se transformó en una isla lejana de toda realidad. Con un leve sonido aletargado y tristón, el intérprete culminó el tango. El aplauso esta vez tardó en aparecer; la emoción de la melodía aún resonaba en la audiencia.
Acto seguido, el guitarrista arañó con furia las cuerdas de su  pobre guitarra intentando interpretar una conocida milonga. El hombre estaba empeñado en demostrar su rapidez para tocar, pero sólo conseguía desentonar notablemente. Todo el bar salió de la ensoñación del bandoneón y cayó otra vez en la irrefutable realidad. El ambiente se tiñó de fastidio. Algunas personas se levantaron ruidosamente y se fueron del lugar sin esperar que terminara la interpretación. Sin dejar de mover los dedos a una velocidad imposible, el guitarrista levantó sus ojos del instrumento y, desdeñosamente, los miró irse. Luego de finalizada la insoportable interpretación, ambos músicos se dedicaron a tocar maquinalmente una serie de tangos que el dueño del local juzgaba los más conocidos por los turistas extranjeros. De las pocas personas que todavía soportaban estoicamente aquel descolorido show, algunas no podían contener los bostezos, otras charlaban en voz alta sin hacer caso de los músicos, y otros se impacientaban. Como él. La ansiedad le había hecho terminar su tercer vaso de whisky. Llamó al mozo.
- Otro.
El mozo se retiró y volvió al instante con un vaso. Se lo dejó en la mesa y se alejó dirigiéndole una mirada de desconfianza. Él apuró el vaso hasta el final. No aguantaba la espera. La aparición de la mujer de rojo ya lo estaba obsesionando, y no iba a soportar mucho más. Llamó al mozo nuevamente.
- Oiga, ¿cuándo va a cantar la mujer?
- ...
- La mujer de rojo.
- Ah, sí, en un momento nomás. – El mozo fue hacia la puerta y él sintió un aire helado que penetraba en el boliche. Sin darse vuelta, oyó voces y luego vio al mozo acompañando a una pareja hasta una mesita cercana. Discretamente, como era su costumbre, los observó de soslayo. El hombre era viejo, pero la forma de conducirse era enérgica y decidida. Vestía muy elegantemente, se notaba que disfrutaba de una buena situación económica. También se notaba una eterna insatisfacción en su rostro. A su lado, suave, hermosa, elegante, se sentaba una mujer. Ella era muy joven y rubia. Su rostro reproducía gestos sensuales cuidadosamente estudiados. En su rostro se podía adivinar también insatisfacción. Y codicia. Y quizás también una triste resignación. Su fuerte perfume invadió todo el local. Las personas los miraban y cuchicheaban. Él, sentado muy cerca de ellos, también los miraba. El viejo lo miró de costado y luego se volteó hacia la mujer y la besó en un hombro. Ella soltó una risita nerviosa y lo apartó diciéndole algo en voz baja. El mozo llevó un champán a la mesa y el hombre hizo saltar el corcho. El estruendo atrajo la mirada de la concurrencia. La mujer parecía incómoda, sabiéndose el blanco de todas las miradas.
Él miró con desprecio a aquella pareja y pidió otro whisky al mozo. Antes de traerlo, éste le preguntó: - ¿Va a poder pagar, amigo?
Como toda respuesta, él extrajo los billetes justos para pagar la cuenta y los dejó sobre la mesa. El mozo los tomó y regresó con otro vaso.
- ¿Falta mucho?
- ¿Eh...? Ah, no, no, ya casi.
La ansiedad lo carcomía por dentro. Sentía ganas de arrojarles el pesado vaso de whisky por la cabeza a los músicos.
Finalmente, concluyeron su actuación. Apenas sonaron algunos aplausos desganados. Él ni siquiera aplaudió. Terminó su vaso en un segundo y de golpe le llegó una oleada del fuerte perfume de la mujer. Clavó su mirada en ella. Descaradamente la observó en todo detalle y se detuvo un largo rato en su generoso escote. Pero el hombre se percató de que estaban invadiéndole su propiedad privada y lo encaró de pésima manera.
- ¿Qué mirás, che? Esto tiene dueño, infeliz. – Le dijo, mientras le manoseaba los senos a la mujer, que, fastidiada, trataba de sacárselo de encima. No supo qué lo alteró más: si el desprecio del otro o ese manoseo lascivo e impune sobre aquellos senos. De pronto el boliche salió de su sopor al ver desparramarse por el suelo al viejo, víctima de una rabiosa trompada en medio de su cara. Y junto con el viejo, se desparramaron mesas, sillas, vasos y hasta el balde con el champán, el cual se rompió en incontables pedacitos. La gente murmuraba, chillaba y señalaba; el dueño salía de atrás del mostrador hecho una furia; y el mozo y la mujer trataban de auxiliar al caído. Él estaba parado, inmóvil en medio de la escena. Un sacudón lo hizo trastabillar.
- ¡Vení para acá, pedazo de basura! – se escuchó el grito del dueño, quien lo arrastró hasta la puerta. Se detuvo para preguntar al mozo: - ¿pagó su cuenta éste?- Y ante la respuesta afirmativa del mozo, fue arrojado al frío de la noche. Antes de que el dueño, insultándolo, le cerrara la puerta en las narices, pudo ver a la rubia, que le dirigía una mirada de secreto agradecimiento.
Se levantó a duras penas del suelo y trató de recuperar su compostura. Se cerró el sobretodo y observó a través de los cristales empañados del local: la mujer de rojo hacía su aparición. Trató de distinguir sus facciones. Imposible. Sólo veía el rojo furioso de los labios y del vestido, y el negro profundo del cabello y de los ojos. Intentó oír su voz; era muy débil el sonido que podía percibir desde afuera. La observó gesticular y moverse como si fuera un lejano fantasma atrapado en la bruma de la madrugada.
Tiritando, se levantó la solapa del sobretodo y se alejó lentamente.

Carolina Arias 
del libro De farsantes sobrevivientes y tontos